Daniel miraba fijamente la pantalla del ordenador, con los ojos vacíos y los dedos inmóviles sobre el teclado. Cada carpeta que abría estaba vacía. Cada archivo que debía contener pruebas cruciales había desaparecido como niebla arrastrada por el viento. Los únicos sonidos en la habitación eran el tic-tac del reloj de pared y el leve zumbido de la CPU, burlándose de él.
Esto no puede estar pasando. Esto no puede estar pasando.
Sus manos temblaron al abrir el disco duro externo que había ocultad