El teléfono de Daniel vibró suavemente sobre la encimera de la cocina. Lo tomó, frunciendo el ceño al ver un número desconocido parpadeando en la pantalla. La duda se enroscó dentro de él como una serpiente lista para atacar. Cada llamada, cada mensaje podía ser una trampa: el alcance de Hunter era largo, y Daniel había aprendido a esperar veneno disfrazado de ayuda.
Pero la desesperación arañaba con más fuerza que la cautela.
Respondió.
—Daniel —susurró una voz apenas audible. Distorsionada por capas de encriptación, pero inconfundible—. No tenemos mucho tiempo.
—¿Wraith? —la voz de Daniel se quebró, mezcla de alivio y ansiedad—. ¿Encontraste algo?
—Lo suficiente para ponernos en marcha —respondió la voz, urgente—. Pero necesitas desaparecer por un tiempo. Los hombres de Hunter están husmeando cerca de tu casa.
El corazón de Daniel dio un vuelco.
—Ya han estado aquí antes.
—No así de cerca —dijo Wraith—. Estás comprometido. Tenemos que sacar a las serpientes de su escondite. Mueve a