Daniel se quedó paralizado frente a la pantalla de su computadora, con los ojos recorriendo cada carpeta a toda velocidad. Sus dedos danzaban sobre el teclado, abriendo archivo tras archivo que deberían contener pruebas contundentes contra Hunter Jackson… pero no había nada.
—Esto no puede ser… —murmuró, conteniendo la respiración.
Abrió su disco duro externo, aquel donde guardaba copias de seguridad protegidas por un laberinto de cifrados. Pero las carpetas que antes estaban allí… habían desaparecido.
Su rostro palideció.
Accedió a su cuenta privada en la nube, su almacenamiento más seguro, al que solo él tenía acceso. Pero en cuanto inició sesión, apareció una notificación en la pantalla:
Carpeta no encontrada.
—No… no, esto no puede estar pasando… —su voz se elevó.
Sus manos se movieron con desesperación: ejecutó herramientas de recuperación, revisó las últimas ediciones, los metadatos… cualquier cosa.
Nada.
Todo había sido borrado. Limpio. Sin dejar rastro.
Incluso las carpetas oc