La noche avanzaba lentamente por las paredes del lujoso apartamento de Hunter Jackson. Las luces tenues proyectaban sombras suaves que se deslizaban por cada rincón de la habitación. En el dormitorio principal, Evelina Willson estaba de pie frente al espejo, dejando caer su largo cabello libremente. Su nuevo rostro se reflejaba bajo el resplandor cálido de la lámpara nocturna—sereno, pero cauteloso.
Pero aquella calma se vio interrumpida rápidamente por el sonido de unos pasos pesados. Hunter Jackson entró en la habitación, su cuerpo relajado, pero sus ojos ardían de deseo.
—Aún estás despierta —dijo en voz baja.
Evelina giró ligeramente la cabeza y asintió.
—¿Tú tampoco puedes dormir?
Hunter se acercó. El aroma de su colonia masculina llenó el espacio entre ambos. Su mirada recorrió su cuerpo de arriba abajo, sin pudor, deteniéndose más de lo necesario.
—Sabes —murmuró, con la voz cargada—, todavía recuerdo nuestro beso en el club. Con demasiada claridad. Y quiero sentirlo otra vez.