Eliana abrió los ojos lentamente. Su cabeza se sentía pesada, su visión era borrosa y todo su cuerpo estaba débil. Intentó incorporarse, pero sus brazos no respondían. El aire estaba húmedo y olía mal. Al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que estaba en una habitación pequeña y oscura—las paredes eran de concreto áspero, y del techo colgaba una única bombilla tenue.
—¿Dónde... estoy? —susurró débilmente.
Sus manos estaban atadas a una silla de metal con una cuerda de nailon resistente. En l