El motor del auto rugió con fuerza mientras Alessandro se alejaba de la mansión Turner. Llevaba una sonrisa ladeada, una auténtica mezcla de triunfo y adrenalina. Había marcado su territorio con Anya, y la imagen de su mirada desafiante aún le quemaba en la sangre.
En ese preciso instante, el teléfono en la consola del auto vibró. Era Larius. Alessandro contestó de inmediato con el manos libres.
—Habla, Larius —ordenó con voz firme, con el buen humor a flor de piel.
—Patrón, solo para avisarle