La tensión en el balcón era tan densa que podía cortarse con un cuchillo. Anya sintió que el calor del cuerpo de Alessandro la envolvía, amenazando con desestabilizar la fría coraza que tanto le había costado construir. Retrocedió medio paso, intentando recuperar el control, y lo apuntó con una mirada llena de advertencia.
—Aléjate de mí, Di Santi. Como mi padre se entere de que estás respirando mi mismo aire, te juro que amanecerás flotando en el muelle —espetó Anya con los ojos destellando de