El pasillo del ala privada del Hospital Di Santi estaba en completo silencio. Las luces blancas parpadeaban levemente, reflejando el cansancio y la tensión acumulada en el aire.
Dentro de la habitación, Luciana descansaba profundamente, sedada y monitoreada bajo suero tras el desmayo provocado por la impactante revelación.
Sentado en una silla al lado de la cama, Enzo tenía la cabeza enterrada entre las manos, consumido por la culpa. Sabía que el castillo de naipes se le había derrumbado, que