El silencio en la habitación era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo. Unos minutos después de que Ángelo y Li Wei se marcharan, la puerta se abrió con extrema lentitud.
Enzo asomó la cabeza. Llevaba en la mano una sola rosa blanca, perfectamente cortada, que había tomado de un arreglo del pasillo con la esperanza absurda de que sirviera como un puente hacia ella. Al ver que Luciana estaba despierta, con los ojos fijos en la pared y el rostro marcado por las lágrimas, su corazón d