El aire fresco de la noche rozó el rostro de Alessandro mientras cruzaba los impecables jardines de la mansión rumbo al coche. El camino pavimentado bordeaba la gran piscina, cuyas aguas oscuras reflejaban el brillo de la luna. Iba con la mente puesta en la gala y en Anya, cuando un pequeño detalle en la esquina del césped, justo bajo la cerca perimetral, detuvo sus pasos.
Frunció el ceño con curiosidad y se acercó. Era la pelota favorita de Mía. Pero estaba completamente rota, desinflada y pis