A escasos metros de las imponentes puertas de la mansión Di Santi, oculto entre la fronda pesada de los árboles y la penumbra de la calle, descansaba un vehículo negro de cristales blindados. El motor ronroneaba en un murmullo casi imperceptible.
En el asiento trasero, envuelto en las sombras, la figura imponente del salvador de Luciana contemplaba la fachada de la residencia. Lucía una camisa negra ajustada que marcaba su marcada musculatura y dejaba ver los coloridos tatuajes que le subían po