DEUDA DE SANGRE.
El aire de la bodega abandonada olía a salitre rancio, humedad y óxido. La única fuente de luz era un foco amarillento y parpadeante que colgaba sobre el centro del recinto. En el medio, atado firmemente a una silla de metal pesado con cadenas gruesas, yacía Fabián. Tenía el rostro desfigurado por los golpes que le propinó el Ángel Negro, pero lo que estaba a punto de vivir haría que aquella golpiza pareciera una caricia.
El portón de hierro retumbó. Las sombras se abrieron para dar paso a la p