El silencio en la mansión ya no era solo un recordatorio de la tragedia; poco a poco, entre las grietas del dolor, comenzaba a colarse una fuerza extraña. Mientras los herederos creían que se ahogaban solos en su propio infierno, las piezas empezaron a moverse: llegaban aliados, refugios inesperados y, sobre todo, secretos que sacudirían los cimientos de la dinastía.
Damián estaba arrodillado al borde de la cama, con las manos juntas y la frente apoyada en los nudillos. La habitación estaba a