El teléfono fijo del despacho principal sonó con una insistencia que cortó el aire cargado de tensión. Cassandra extendió la mano y levantó el auricular.
—¿Diga? —respondió con voz ronca.
—Cassandra... soy Alaric Turner —la voz al otro lado sonó firme, pero cargada de una profunda preocupación—. Llamé apenas supe del atentado. Sacaremos a Ángelo y a
Li Wei de ese infierno de custodia.
Damián, que estaba en la habitación, se acercó de inmediato y pegó la oreja para escuchar. Cassandra suspiró,