La oficina de Sebastián estaba envuelta en una penumbra silenciosa, con las persianas semiabiertas que dejaban entrar la luz cálida de la noche miamense. El ambiente olía a cuero viejo, café amargo y al perfume limpio de Sebastián. Las paredes tenían estantes oscuros con libros de derecho internacional, mapas desplegados y una repisa donde varias esculturas pequeñas descansaban como centinelas de un misterio que llevaba semanas volviéndolo loco.
Cuando la puerta se abrió y vio entrar a Alessia