En el ala este del lujoso hospital de la dinastía Di Santi, el silencio del pasillo privado era absoluto. La luz blanca y pulcra del techo se reflejaba en el suelo de mármol. Dentro de la habitación de observación, Tamara descansaba en una cama articulada de última generación. Tenía un suero conectado a la vena y el pie izquierdo perfectamente limpio, desinfectado y vendado profesionalmente. La fiebre finalmente había comenzado a ceder, dejando su rostro pálido en un estado de profunda calma.
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