La habitación del hotel de paso, escondida en las afueras de la ciudad, estaba tenuemente iluminada por la luz amarillenta que se filtraba a través de las persianas. Era un lugar discreto, lejos del radar del cartel y de la dinastía Di Santi-Ling. Un santuario para lo prohibido.
La puerta apenas se cerró cuando Yang empujó a Larius contra la madera con fuerza bruta. Ella, desbordando urgencia y necesidad contenida durante días, lo rodeó por el cuello y lo besó con hambre salvaje, devorándole la