De regreso en su modesta casa, el silencio era sepulcral y la desesperación, absoluta. Anaís no tenía un solo segundo que perder; el reloj avanzaba implacable hacia la medianoche y la vida de su pequeña hija dependía de los dólares que lograra conseguir en las próximas horas.
Se paró frente al gastado espejo de su habitación, decidida a borrar cualquier rastro de la mujer que la policía o los periódicos pudieran estar buscando. Conectó la vieja plancha de cabello y, con manos temblorosas pero r