Dentro de la habitación del hospital, el ambiente estaba cargado de zozobra. Cassandra había abierto un bolso de viaje y sacado una mudada de ropa limpia y abrigada que ella misma le había llevado a Tamara.
—Toma, mi niña... Ponte esto —le dijo Cassandra con voz suave pero firme, ayudándola con delicadeza a quitarse la bata de hospital para ponerle una blusa holgada y un pantalón cómodo—. Estás a salvo aquí, pero necesitamos movernos.
Tamara, con las manos temblorosas y los ojos empañados en lá