Las puertas dobles del gran salón no se abrieron: volaron de un golpe cuando Mein entró a rastras con Bianca, sujetándola del brazo con una saña desmedida. En la mesa, el ambiente ya era un campo de minas con Arrieta, Zhang y Wei gritando fuera de sí por la estupidez del compromiso arreglado.
Pero en cuanto Angelo vio cómo traían a su hija, la temperatura del lugar cayó bajo cero.
—¡¿Qué carajos crees que haces con mi hija, Mein?! —rugió Cassandra, dando un paso al frente con una mirada destruc