En el imponente vestíbulo de la mansión Ling, el eco del desastre resonaba con fuerza. Mein caminaba hacia la puerta principal despidiendo a Matteo, intentando mantener una postura elegante y diplomática a pesar de la tormenta.
—Matteo, querido... lamento profundamente este vergonzoso inconveniente —dijo Mein ajustándose el vestido, tratando de disimular la rabia—. Te pido disculpas en nombre de mi familia.
Matteo, manteniendo una sonrisa fingida y políticamente correcta, acomodó las solapas de