En una mesa discreta del restaurante de comida china, el ambiente era pesado. Arrieta mantenía a Yang envuelta en un abrazo protector, sintiendo cómo el cuerpo de su hija temblaba por los sollozos retenidos. Le acariciaba el cabello con la ternura con la que solo un padre puede sostener a su Solecito cuando siente que el mundo se le viene encima.
—Calma, mi amor... ya estás con tu viejo —le susurró Arrieta, limpiándole las lágrimas con suavidad—. Respira, Yang.
Yang alzó la mirada, con los ojos