Cuando la puerta volvió a cerrarse y la habitacion quedó únicamente con el núcleo de los herederos y los patriarcas, el ambiente se tornó solemne, casi sagrado. Ángelo miró a cada uno de sus hijos y nietos con los ojos fijos y cargados de una devoción salvaje.
—Escúchenme bien —habló Ángelo, con la voz ronca pero potente—. No quiero lágrimas. No quiero lamentaciones. En tres días esos cerdos nos van a encerrar, pero la Dinastía no se cae con sus fundadores. Quiero que se defiendan con todo. Que