Alessia cerró la puerta de la recámara principal a sus espaldas, dejando atrás el murmullo de las risas de su abuelo y su padre. El peso que llevaba en el pecho durante meses finalmente se había disipado. Tenía el respaldo de los dos hombres más temidos del inframundo, la bendición de su abuela Cassandra y, sobre todo, la libertad absoluta para reclamar la presa que había elegido.
Caminó por el pasillo a paso firme, ajustándose la chaqueta negra con una elegancia felina. Al llegar al balcón del