En el despacho de la mansión Di Santi, las puertas dobles se abrieron de par en par. Marco cruzó el umbral a paso apresurado, con el rostro rígido y un expediente confidencial bajo el brazo.
—Señor Di Santi... tenemos una urgencia —dijo Marco, arrojando el informe sobre el escritorio de caoba.
Angelo levantó la vista, con los ojos entrecerrados y una frialdad peligrosa.
—Habla, Marco. Sabes que detesto las interrupciones.
—Estaba realizando el filtrado de seguridad habitual sobre el entorno de