En paralelo, a kilómetros de allí, la atmósfera en el área de cuidados intensivos del hospital era completamente distinta. El aire helado olía a desinfectante y desesperación.
Anaís permanecía de pie al lado de la cuna, acariciando la frente tibia de su pequeña. Las palabras del médico resonaban en su cabeza como un eco tortuoso: “Es eso... o su hija se muere”. La impotencia y la rabia le quemaban las entrañas.
La puerta de la habitación se abrió suavemente. Thiago cruzó el umbral. Su presencia