El pequeño departamento olía a café recién molido y galletas horneadas. Era un oasis absoluto en medio de la tormenta que amenazaba con destruir la dinastía. Thiago se había quitado el elegante saco cruzado de diseñador, dejándolo doblado sobre el respaldo del sofá, y se había remangado la camisa blanca de vestir hasta los codos. Estaba sentado con total naturalidad sobre la alfombra de la sala, con las piernas cruzadas, rodeado de lápices de colores y hojas de papel.
Frente a él, la pequeña Mí