El sol de la tarde iluminaba la imponente propiedad Di Santi-Ling. En la sala principal, Yang intentaba convencer a sus primas con una determinación que no aceptaba un no por respuesta.
—Por favor, Luciana... solo será un momento en el centro comercial —insistió Yang, ajustándose la chaqueta y mirando a Tamara, quien descansaba con sus muletas metálicas apoyadas a un lado del sillón—. Necesitamos respirar un poco de aire fresco.
Luciana miró a Tamara, buscando su opinión.
—Por mí está bien, sol