El vuelo aterrizó en Fiumicino bajo una lluvia fina que empapaba Roma como si el cielo llorara por lo que iba a pasar. Victorio y Carter bajaron del avión sin equipaje solo con mochilas negras y miradas duras. Un auto negro los esperaba en el estacionamiento subterráneo motor encendido listo para partir.
Sin palabras subieron Carter al volante Victorio en el asiento del copiloto revisando el mapa en su teléfono.
—Treinta minutos a las afueras hacia el norte por la Via Cassia —dijo Carter pisand