Martina
La Facultad de Medicina seguía siendo la misma.
Sus muros de piedra permanecían indiferentes al paso del tiempo, firmes como testigos silenciosos de generaciones que iban y venían. El aire helado se colaba por los ventanales del pasillo, trayendo consigo el eco lejano de pasos apresurados, como si el presente no pudiera escapar del pasado.
El olor era el de siempre: libros antiguos, café recalentado, desinfectante barato. Un perfume estancado que parecía resistirse a toda novedad.
Pe