Nuestro hijo.
—Bien, vamos — dice Ares con palpable diversión por mi reticencia a salir. De mala gana lo suelto —. No debes tener miedo de nuestra gente, Artemisa, todos ellos darían la vida por la tuya sin rechistar si tuvieran que hacerlo. Y nadie te tocará un pelo sin antes tener que pasar sobre mí — asegura, muy en serio.
—No se si sentirme agradecida por tu protección o asustarme por el hecho de acabas de confirmarme qué tal vez alguien quiera pasar sobre ti para llegar a mi — respondo, nerviosa. Ares s