La calma que había reinado en la mansión Maswell durante los últimos días se rompió abruptamente con el sonido estridente de las alarmas. Artemisa, acurrucada en el estudio, sintió un escalofrío recorrer su espalda. El peligro, que siempre había acechado en las sombras, finalmente había llegado a su puerta.
Ares y Jackson, alertados por las alarmas, irrumpieron en la habitación, con los rostros tensos y las miradas llenas de preocupación.
—¡Cazadores! —gritó Jackson, con la voz cargada de furia