La noche cayó sobre la mansión Maswell como un manto de incertidumbre. Artemisa se sentía como una prisionera en su propia casa, atrapada entre el amor inmenso que sentía por Ares y la creciente confusión que le provocaban las palabras de Jackson. Había pasado horas evitando a ambos, refugiándose en sus estudios, intentando concentrarse en sus hechizos, pero la tensión era palpable, como un trueno que amenazaba con estallar en cualquier momento.
Ares, aún debilitado por el ritual, descansaba en