Capítulo 68

La cámara estaba en silencio, salvo por el parpadeo constante del fuego. Sin embargo, el pecho de Ragnar ardía como si hubiera entrado en un campo de batalla.

No era Atenea quien estaba sentada frente al espejo.

Era su rostro, su cuerpo, su cabello derramándose como noche fundida sobre sus hombros, pero en el momento en que esos ojos se alzaron hacia los suyos, lo supo. No eran los suyos. La mirada de Atenea siempre transmitía calidez, incluso en la ira. Estos ojos brillaban como un frío fuego
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