Uno por uno. Gritos, jadeos y oraciones susurradas caían de sus labios como lluvia de primavera. Manos curtidas se extendían, temblorosas, incrédulas. Se aferraban a ella como almas que se ahogaban, presionando sus frentes contra sus hombros, sus manos, la tela de su capa. Algunos rieron. Algunos lloraron tan fuerte que no podían hablar.
—Atenea, por los dioses... Atenea-
—Nos dijeron que moriste, que te quemaste-
—Dijeron que tu cuerpo se desvaneció en las llamas.
—Encendíamos velas todas las