El mundo regresó lentamente.
No con prisa, sino en fragmentos reticentes, la luz sangrando a través de la gasa de la inconsciencia, aliento a aliento. Atenea se movió, sus dedos se curvaron contra sábanas suaves como el pecado, cargadas con el aroma a ceniza y escarcha.
Sus huesos no dolían. Ardían.
No rotos, sino reforjados. Martillados por algo antiguo e implacable. El zumbido seguía ahí. El agotamiento. El dolor. Todo seguía ahí.
La magia, lenta y enroscada, se movía bajo su piel como una se