El viento frío mordió más fuerte que antes, como si la montaña se hubiera vuelto contra ella.
Atenea irrumpió en la oscuridad como una espada recién desenvainada, afilada con furia y temblorosa contención. Una vez silencioso y sagrado, el aire ahora aullaba a su alrededor con un aliento entrecortado. Atravesó su capa, su piel, más allá de sus costillas. Se hundió en sus huesos.
El santuario permanecía inmóvil y antiguo, bañado por la luz de la luna y la niebla, pero dentro de ella, todo gritaba