El círculo de entrenamiento apenas se había despejado cuando Ragnar se movió.
No caminaba, cazaba.
Cada paso era una promesa tácita, silenciosa y aguda, el tipo de silencio que precede a una matanza. Sus ojos, esos ojos grises fundidos, nunca se apartaron de Atenea.
Ella todavía se limpiaba la sangre del labio, con la trenza medio deshecha, mechones de cabello pegados al sudor a lo largo de su mandíbula. Su pecho subía y bajaba de forma desigual, pero no parecía débil.
Parecía salvaje.
Indómita