El claro aún ardía, como si el bosque mismo no hubiera decidido si volver a respirar. Había muerte hasta donde alcanzaba la vista. Y ella fue quien le arrebató la vida a este bosque.
La ceniza se aferraba al aire en pálidos remolinos fantasmales, elevándose de la tierra carbonizada a su alrededor como espíritus renuentes. Atenea se incorporó con brazos que temblaban como ramas deformadas por el viento, la corteza de su espalda aún caliente, demasiado caliente por el fuego que había desatado. Su