La ceniza caía como nieve.
Los árboles ahora eran esqueléticos, huesos carbonizados de lo que una vez se alzaron altos. El claro ardía con brasas moribundas, el suelo ampollado y ennegrecido por el fuego que Atenea había desatado. Yacía desplomada, con la piel manchada de sangre y hollín, y el sabor a cobre impregnado en su lengua.
Su marca pulsaba débilmente; ya no era un simple símbolo, sino una grieta abierta, brillando como una fractura en su piel. Una veta de luz recorría su hombro, cruda