Capítulo 39

La ceniza caía como nieve.

Los árboles ahora eran esqueléticos, huesos carbonizados de lo que una vez se alzaron altos. El claro ardía con brasas moribundas, el suelo ampollado y ennegrecido por el fuego que Atenea había desatado. Yacía desplomada, con la piel manchada de sangre y hollín, y el sabor a cobre impregnado en su lengua.

Su marca pulsaba débilmente; ya no era un simple símbolo, sino una grieta abierta, brillando como una fractura en su piel. Una veta de luz recorría su hombro, cruda
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