El amanecer sangraba lento y plateado a través del dosel, filtrándose en el mundo como la exhalación de un dios antiguo.
La niebla se enroscaba entre los árboles nudosos, espesa y espectral, como el aliento de gigantes dormidos soñando en la tierra.
Cada paso que Atenea daba se sentía más pesado, no por la fatiga, sino por una gravedad más antigua que el tiempo. El suelo estaba cargado de recuerdos. Las raíces bajo sus botas latían débilmente, como si estuvieran vivas, conscientes de su presenc