El silencio después de su caída fue ensordecedor. Nadie se movió, y todo pareció quieto durante ese par de segundos.
El viento dejó de moverse cuando las hojas dejaron de susurrar.
El cuerpo de Atenea yacía desplomado a los pies de Ragnar como una estrella caída, quemada, pero aun irradiando furia. La sangre se filtraba lentamente por su cuello, desde el lugar donde él la marcó. Podría haber detenido la hemorragia con suaves lamidas antes de apartarse de ella, pero no lo hizo. No pretendía darl