Ragnar caminaba lento y deliberadamente, cada paso absorbido por las piedras negras como la boca del lobo bajo sus botas. Las antorchas que bordeaban el pasillo parpadeaban con una llama azul, encantada para mantener el aire frío.
Lo suficientemente fría como para sofocar el olor. Lo suficientemente fría como para recordarle a su prisionera que la calidez y la piedad no tenían cabida en esta ala del castillo.
El Ala de Obsidiana.
Un lugar reservado exclusivamente para él. Donde pasaba la mayor