Lo primero que Ragnar notó fue su quietud.
Atenea yacía acunada en sus brazos, inmóvil, con la respiración demasiado superficial, la piel casi incolora bajo la tenue y fracturada luz que se derramaba desde la ventana alta. El talismán aferrado a su brazo, su protección, su precaución, latía con un ritmo sordo y siniestro, las runas plateadas arrastrándose bajo su piel como hilos fundidos buscando algo que consumir.
No solo la estaba reteniendo. Estaba luchando contra ella.
Su mano se levantó ca