Capitulo 62

Lo primero que Ragnar notó fue su quietud.

Atenea yacía acunada en sus brazos, inmóvil, con la respiración demasiado superficial, la piel casi incolora bajo la tenue y fracturada luz que se derramaba desde la ventana alta. El talismán aferrado a su brazo, su protección, su precaución, latía con un ritmo sordo y siniestro, las runas plateadas arrastrándose bajo su piel como hilos fundidos buscando algo que consumir.

No solo la estaba reteniendo. Estaba luchando contra ella.

Su mano se levantó ca
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