La tenue luz de la habitación de Atenea se aferraba a las paredes de piedra como un fino velo de ceniza, temblando con cada vacilante aliento de la solitaria vela junto a su cama. El aire era pesado, denso con verdades no dichas, y el silencio presionaba contra sus costillas hasta que sintió que el latido de su propio corazón era el único sonido que quedaba en el mundo.
Estaba sentada medio erguida, con las extremidades aún pesadas por el agotamiento, su mente vagando entre el borde irregular d