Atenea se despertó con el ritmo lento y constante de un latido bajo su oído, profundo e inquebrantable, un sonido que parecía grabado en los huesos del mundo.
El calor que la envolvía era más que la pesada capa de piel de lobo que cubría sus hombros. Era él. Ragnar. Sus brazos todavía la rodeaban, uno cerrado protectoramente en su cintura, el otro descansando libremente a su costado en un abrazo que se sentía menos como un abrazo y más como un voto.
Durante un largo momento, no se movió. Solo e