Altos Mandos II
Ana cerró la puerta del pasillo con cuidado, como si el castillo pudiera despertarse si hacía demasiado ruido. El cansancio le pesaba en las piernas, pero no quería ir directo a su habitación. Había algo en el aire —una quietud extraña, casi amable— que la empujó a seguir subiendo.
Las escaleras de la torre no perdonaban a sus agotadas piernas por el entrenamiento. Cada tramo parecía diseñado para hacerla arrepentirse de la decisión, pero aún así continuó. Cuando llegó arriba, a