Altos Mandos II
Ana cerró la puerta del pasillo con cuidado, como si el castillo pudiera despertarse si hacía demasiado ruido. El cansancio le pesaba en las piernas, pero no quería ir directo a su habitación. Había algo en el aire —una quietud extraña, casi amable— que la empujó a seguir subiendo.
Las escaleras de la torre no perdonaban a sus agotadas piernas por el entrenamiento. Cada tramo parecía diseñado para hacerla arrepentirse de la decisión, pero aún así continuó. Cuando llegó arriba, apoyó una mano en la pared de piedra, respirando hondo, y se permitió unos segundos antes de asomarse al balcón.
Valió la pena.
El cielo estaba despejado, profundo, sembrado de estrellas como si alguien hubiera volcado luz sobre terciopelo negro. La luna colgaba alta, clara, bañando los tejados del castillo y los árboles más lejanos con un resplandor frío. El aire era cortante; le enrojeció la punta de la nariz de inmediato, pero Ana no se movió.
Apoyó los antebrazos en la baranda de piedra, deja