CAPÍTULO 105 — DOS IMPERIOS, UN DESTINO.
Miles de soldados formaban filas, el metal de sus armaduras destellando bajo la luz tenue, el aire espeso con olor a caballo sudado y polvo levantado por carros de guerra. Eros montaba un semental negro, sus cascos golpeando la tierra seca, la crin agitándose como una sombra viva. Desde un risco, observó las columnas de hombres, catapultas traqueteando y estandartes negros ondeando con el viento cortante.
Kael y Tavel, sus generales, estaban a su lado, sus rostros tensos bajo cascos abollados.