El sol de la mañana golpeaba la fachada de mármol de la mansión con una saña casi personal. Amber bajó del coche de Noah moviéndose con la agilidad de un cervatillo recién nacido en hielo. Llevaba unas gafas oscuras de gran tamaño que cubrían no solo sus ojeras, sino su alma entera, la cual parecía estar dando vueltas en una licuadora llena de tequila.
Noah, que no estaba mucho mejor, intentaba caminar recto mientras Emma se apoyaba en su brazo con una dignidad feroz, a pesar de que el rímel de