La semana siguiente al incidente de la cena se convirtió en una tortura silenciosa. La mansión Fox, que días atrás vibraba con una tensión eléctrica y apasionada, se transformó en un mausoleo de cortesía forzada. Con los Valois instalados en las habitaciones de invitados, Tyler se había puesto una armadura de frialdad que parecía impenetrable.
Cada vez que se cruzaban en los pasillos o en el comedor, Tyler ni siquiera la miraba a los ojos.
—Señor Fox, aquí tiene los horarios de las actividades